Y un día la encontré: la educación sentimental en la era del Spotify

Guillermo Vega Zaragoza

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? es el título de un cuento y de un libro del escritor norteamericano Raymond Carver. ¿Quién que es no ha estado enamorado? ¿Quién no sabe que el amor “es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado”? ¿Que “es un descuido que nos da cuidado, un cobarde con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado”? ¿Que “es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero paroxismo; enfermedad que crece si es curada”, como lo establecieron los versos de Quevedo?

Pues sí. La palabra “amor” y sus derivados es, sin lugar a dudas, la más utilizada en los medios de comunicación: en películas, canciones, revistas, libros, series y telenovelas. Tal parece que no hay otro tema que preocupe más al ser humano. Pero cabría preguntarse: si todos estamos preocupados por el amor, si a todos nos interesa amar y ser amados, ¿por qué hay personas que no se sienten amadas o, aún peor, incapaces de amar, a los demás y a sí mismos? Es decir, ¿por qué hay personas infelices porque no tienen amor en sus vidas?

Existe desde hace mucho un tipo de novela que se conoce como novela de formación, novela de aprendizaje, o Bildungsroman, como se dice en alemán. La temática de estas novelas es la evolución y el desarrollo físico, moral, psicológico y social de un personaje, generalmente desde su infancia hasta la madurez. Sus orígenes se remontan al Renacimiento, en el llamado género picaresco, siendo el ejemplo más célebre El Lazarillo de Tormes, que muestra el proceso por el que el protagonista aprende a defenderse en la vida tras sufrir los abusos de sus distintos amos. Incluso se considera que Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, y La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, podrían encuadrarse en este género.

Se ha llegado a establecer que el género como tal surge dentro de la corriente del Romanticismo alemán con Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (1795/1796) de Wolfgang Goethe. A lo largo de los tres siglos siguientes se han escrito innumerables novelas de formación, y se seguirán escribiendo, porque tratan de responder a una pregunta fundamental del ser humano: ¿Se puede llegar a ser feliz en la vida? Esta interrogante vitalista se halla en la base de tipo de novela, como señala el argentino Martín Ignacio Koval.

Sin embargo, apunta Koval, “lejos de dar una respuesta unívoca, las novelas de formación proponen que solo quien se conoce a sí mismo puede, a lo mejor, llegar a ser feliz. Eso es lo que vemos en las novelas que componen este subgénero: héroes que tratan de saber, lo antes que se pueda, quiénes son; que procuran averiguar cuál es la actividad que mejor se aviene con su ser más íntimo y que, a la vez, no implique una ruptura con la sociedad. Estos héroes son jóvenes en principio idealistas que, en ese tránsito, en esa larga negociación entre el yo y el mundo social, sin quererlo, cuando tienen suerte, dan con un tesoro inmaterial: se forjan una personalidad y, al menos, tienen la sensación de haber alcanzado algo así como la felicidad”.

Lo anterior define muy bien lo que es el primer libro de Luis Vidal. Y un día la encontré, que nos cuenta la educación sentimental de un joven de estos tiempos, donde todo se ha vuelto tan fugaz y automático, que lo vemos borroso y a veces nos parece inaprensible, extraño y enigmático.

El personaje de la novela (que se llama igual que el autor, por lo que no necesariamente debe tomarse como que todo lo que se cuenta en verdad sucedió, o por lo menos así como se narra, porque ha pasado por el tamiz de la ficción, aunque tenga muchos aspectos autobiográficos) declara desde el momento uno sus intenciones:

“Este libro cuenta la historia de un amor… bueno, en realidad cuenta la historia de un cazador del amor, una persona que emprendió la búsqueda del amor en los lugares más recónditos de la Ciudad de México y sus alrededores. Con poco parque en sus armas, se enfrentó a una jungla de depredadores y peligros. Con más espíritu que certeza, se aventuró en un camino que ningún pergamino antiguo, sabio maestro, gurú, libro de Sanborns o programa de National Geographic puede enseñarnos cómo cursar”.

Y continúa: “Son estas historias de amor las que han incitado a músicos, poetas, pintores y aficionados escritores por milenios a plasmar de alguna manera sus vivencias en canciones, esculturas, poemas y uno que otro graffiti en la barda de la esquina. No es casualidad que el amor sea la principal fuente de inspiración de nuestras vidas.”

En efecto, Luis sale en busca del amor como un cazador con armas a a veces equivocadas e insuficientes, y un mapa que ya no sirve, pero que se sigue reproduciendo en infinidad de libros, novelas, telenovelas, películas y canciones. No es casualidad que casi cualquier acontecimiento significativo en la vida del personaje esté enmarcado por una canción o una referencia a la cultura pop (una película, una serie, una caricatura, un cómic). Esas son las coordenadas que le dan rumbo y sentido a su pesquisa.

Ahora que los mercadólogos nos dividan (segmentar es el terminajo que utilizan) en generaciones diferentes, habría que decir que Luis es un millenial típico, mientras que yo sería un representante de la Generación X o Generación Híbrida. Sin embargo, debo confesar que las aventuras y tribulaciones de Luis no me son ajenas ni desconocidas del todo. Cuando él nació yo tenía 20 años y ya me había enfrentado a la exploración y conquista de esos seres extraños, casi extraterrestres, fascinantes e inalcanzables de cabellos largos casi desde el kínder.

Y así como el personaje de Luis era un buen chico, es decir, no estaba traumado (bueno, eso creía entonces, pero ese es otro asunto), me portaba bien, sacaba buenas calificaciones. ¿Por qué las niñas que me gustaban no me hacían caso? ¿Por qué preferían andar con patanes que las despreciaban y trataban mal? Ahora que está tan de moda hablar de masculinidad tóxica también sería bueno referirse a la feminidad tóxica.

Pero en mis tiempos y en los tiempos de Luis, aún no se hablaba de eso. A uno le decían que allá afuera había una jungla y había que salir a cazar, y a las mujeres les decían que había que darse a desear y no dejarse cazar tan fácilmente, y uno termina enterándose que a las chicas se les inculca que es peor andar de zorra que de mosca muerta.

Para ser amado, se dice, hay que hacerse merecedor de ese amor. Es decir, hay que ser de determinada manera y hacer determinadas cosas para que el otro nos ame. No es suficiente con ser simplemente como uno es. Hay que ser algo más a lo que en realidad se es para merecer el amor. Hay que ser bello, esbelto, deseable (sobre todo en el caso de las mujeres) y ser exitoso en términos económicos y materiales (sobre todo en el caso de los hombres). Si se es feo y pobre, las posibilidades de alcanzar el amor disminuyen estrepitosamente. Entonces, si no se tiene la suerte de heredar genes que nos permitan ser guapos, es obligatorio esmerarse en alcanzar el éxito, en “ser alguien”, en triunfar, para merecer las preferencias de la persona amada.

La música popular está llena canciones de despechados, de rechazados por la pareja, de hombres y mujeres que reclaman no haber sido valorados, que los han despreciado y los han abandonado por otro. Al igual que Luis, me encanta la música y al igual que él tengo una lista detallada de rolas que son el soundtrack de todas las relaciones amorosas que he tenido. Nada más que antes armábamos cassettes y teníamos que andar cazando en la radio las canciones que nos gustaban para grabarlas, y ahora puedes armar una lista de Spotify y mandarla por Whatsapp. Es decir, parece que las cosas han cambiado, pero no tanto.

Porque, a final de cuentas, todos andamos en la búsqueda de lo mismo: amar a alguien que también nos ame. Dice Luis en su novela: “El verdadero amor son todas esas historias que recopilamos en nuestro camino. No es una sola persona, no es una idea fusionada con emociones, es un camino, no un fin. El verdadero amor es todo lo que dimos a todos los que pudimos”.

La última novela publicada, en 1869, por Gustave Flaubert, el famoso autor de Madame Bovary, se llamó La educación sentimental, basada también en sus experiencias personales. Es la historia de un amor imposible de un hombre joven por una mujer mayor, enfrentados a los convencionalismos de la época, con una visión algo pesimista y, desde luego, sin final feliz. Sobre ella, dijo: “Quiero escribir la historia moral de los hombres de mi generación… o, más exactamente, la historia de sus sentimientos. Es un libro sobre el amor, sobre la pasión; pero la pasión como puede existir hoy en día…”

La novela de Luis es la historia de un hombre apasionado, pero a diferencia de la de Flaubert, nunca asume un tono pesimista. Muy, al contrario, a pesar de los reveses, el personaje se mantiene entusiasta y sostiene un sentido del humor, a veces ácido, con un tono sencillo, nada afectado y totalmente disfrutable, como si le estuviera contando sus cuitas al lector enfrente de unas cervezas en un bar con buena música.

Ese es el otro amor de la vida del personaje: la música. El libro incluye una lista de Spotify, un soundtrack para escucharlo mientras se va leyendo. 96 canciones, un poco más de 6 horas y media, que alcanzan perfecto para degustarla.

Debo confesar, entonces, que Luis, el personaje, es al igual que yo, un romántico de mierda, que, a pesar de todos los pesares, sigue creyendo en el amor. A más de uno seguramente, la lectura de esta novela le habrá recordado la película (500) Days of Summer, con Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel, de 2009 (que Luis cita en la página 120). No obstante, lo de Summer sería apenas un episodio en la novela de Luis, pues su libro es más amplio y rico.

Quiero decir que a muchos entonces nos tomó desprevenidos esa película, porque es en realidad una chick flick al revés. Podría incluso denominarse una lad flick. Ya se sabe: una chick flick es aquella película que narra las tribulaciones de una chica por alcanzar el amor, cosa que finalmente logra, para beneplácito de los corazones sensibles del respetable. Pero en 500 días con ella (que así le pusieron en México) todo está al revés volteado: el que sufre es el muchacho y la chica es la que lo hace sufrir, además de que al final no se quedan juntos. Sobre advertencia no hay engaño: desde el principio el narrador señala que no se trata de una historia de amor sino de una historia sobre el amor (casi igual que lo hace Luis en su novela). Otra coincidencia es la música: todo está contrapunteado con sus rolas favoritas.

El tema de ambas obras no es menor: nos presenta una realidad que muchos hombres están (estamos) viviendo en la actualidad, en realidad desde hace varios años. A raíz del cambio de roles tradicionales en la pareja, ahora las mujeres son más libres de decidir cómo será su vida amorosa. El rol tradicional de novia y esposa está cambiando y qué bueno. Y el de los hombres también: ahora (no todos) nos hemos vuelto más sensibles, ya no tenemos tanto miedo de expresar nuestros sentimientos y mostrarnos vulnerables, sin que nos califiquen de blandos o “poco hombres”.

Es evidente que en la actualidad estamos viviendo un radical cambio de roles en la sociedad, que está transformando la sociedad y sus instituciones, sobre todo la familia. La gran mayoría de las mujeres ya no responden al estereotipo tradicional, aquel en el que estaban supeditadas a la voluntad y los caprichos de los hombres. Cada vez más son las mujeres que trabajan, se ganan la vida por sí mismas, ocupan puestos de responsabilidad a todos los niveles; destacan en los negocios, la ciencia, las artes y los deportes, y además son cabeza de familia.

Ante esta nueva realidad inevitable, los hombres hemos tenido que cambiar nuestra forma de entender y relacionarnos con el género femenino, viéndolas cada vez más como iguales en derechos y obligaciones, y no como subordinadas a la voluntad masculina. Es decir, verlas como compañeras, como una verdadera pareja, y no como un objeto de deseo que requiere ser “conquistado”.

Y la principal forma de relación entre los seres humanos es, como lo definió Sócrates hace casi 2,500 años en la Grecia clásica, es el amor, que consiste fundamentalmente en lo siguiente: en “desear que la persona amada sea lo más feliz posible”. ¿Y cómo puedo hacer que el otro sea feliz, si yo no lo soy en principio?

Afortunadamente, en Y un día la encontré es desenlace es feliz (OK, ya les eché a perder el final), pero no a todos les sucede. Los centennials (los menores de 20), hombres y mujeres, la están teniendo más difícil.

Por eso, es altamente recomendable la lectura de esta novela de Luis Vidal, no sólo por parte de los lectores masculinos, para que se reconozcan y reflexionen sobre lo que significa la exploración de los sentimientos donde todo es fugaz, automático e inmediato, pero también para las mujeres, para que empiecen a entender el porqué de ciertos comportamientos masculinos y también se vean reflejadas en el espejo de estas historias de amor, desamor y esperanza por encontrar a aquel o aquella a quien amar y que nos ame.

 

Luis Vidal, Y un día la encontré, YoPublico, México, 2019. 236 pp.